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16/5/19

¡No hay autentica misión sin alegría!




Con motivo del Mes Misionero Extraordinario, que se celebrará en octubre de 2019 y que lleva por lema: “Bautizados y enviados: La Iglesia de Cristo en Misión en el Mundo”, iremos presentando testimonios misioneros que se publicarán al mismo tiempo en el Semanario diocesano: La Verdad.

Este primer testimonio es del misionero navarro Celestino Aós, Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santiago de chile.

San Francisco de Javier era referente misionero para todos nosotros los niños y jóvenes navarros de aquellos años: “Prenda en nosotros/ de su alma la fe/ que como él apóstoles/ queremos ser”; cantábamos en la escuela y en la Iglesia y también en nuestras casas.

Siempre, detrás de una vocación misionera, está el misterio: ¿por qué yo sí y mis hermanos o esos compañeros no? Y si algunos guardan el recuerdo de una experiencia o un hecho que los enfocó y animó hacia el seminario, otros fuimos sintiendo dentro esa “vocación” poco a poco como algo natural; claro que hay momentos y acontecimientos más significativos…

Por Artaiz llegaban los frailes capuchinos a predicar y confesar, a pedir limosna y a buscar candidatos; y en Artaiz estaban las familias y la figura del Hermano no sacerdote, fray Fermín de Sarriés (José Antonio Braco), y la figura del capuchino sacerdote, el P. Pablo de Zabalzeta (Francisco Javier Cabodevilla). Y Dios pasó y me invitó a “ir al seminario”, con sueños e ilusiones de ser misionero. El Seminario Seráfico de los Capuchinos en Alsasua fue para mí sorpresa y exigencia, pero también ilusión y compromiso creciente: se trata de ser “Capuchino, Sacerdote, Misionero y Santo”. Sueña uno con convertir y convertir multitudes. Día a día se va enriqueciendo el espíritu con el Evangelio de Jesucristo, con la devoción a la Virgen, y con el acercamiento a San Francisco de Asís. A las exigencias y sacrificios de los estudios, de la vida compartida, de la lejanía de la familia se sumaban nuestros sacrificios personales y nuestras oraciones “todo por las misiones”. Con inyecciones de fervor por las cartas que los misioneros nos escribían, y por las visitas que hacían al seminario los que partían a misiones y los que venían de visita desde ellas. Las conferencias y prédicas, las lecturas y estudios, impactan menos que los testimonios personales; y testimonios rotundos fueron los misioneros que venían desde China, tras pasar por la cárcel y sufrir las torturas (fue precisamente el capuchino obispo de Pingliang Mons. Ignacio Larrañaga quien me ordenó sacerdote en San Antonio de Pamplona el 30 de marzo de 1968). Otros llegaban desde Ecuador, Filipinas, Argentina, Chile, Dallas… Junto a esa veta misionera estaba la otra: la de las misiones populares que se impartían por nuestros pueblos y ciudades. Yo soñaba con ser misionero de los de primera línea, de aquellos a los que emocionados y con lágrimas despedíamos cantando “mañana, en un frágil barco, / me he de engolfar en la mar;/ diré un adiós a mi patria, / el último adiós quizás. / Por si Dios quisiera que no vuelva más, / el corazón te dejo Pastora Celestial”. Por eso me emociona leer estas palabras “Fueron tu misma patria, la Iglesia y la familia de los Capuchinos quienes te enseñaron y prestaron la necesaria formación. Ordenado sacerdote te ofreciste para ejercer el ministerio sagrado, preparado para impartir el sagrado ministerio y enseñar la doctrina. Y dejadas las condiciones de una vida más cómoda accediste a los pagos de Chile para sembrar en ellos a manos llenas los beneficios del Evangelio y dedicarles tus iniciativas pastorales y el ministerio apostólico”. Son palabras de la carta que firmara y me remitiera el Papa Francisco para mis bodas de oro sacerdotales.

Dios tiene su tiempo y sus caminos, y Él va entretejiendo nuestra historia personal. Después de la ordenación sacerdotal nos quedó otro año de estudio de pastoral en régimen de internado en Tudela, y de allí, la obediencia me colocó en el Colegio de Lecároz como educador y profesor; volví a Tudela ya como coadjutor, y para comenzar mis estudios en la universidad de Zaragoza y seguí mi especialización en psicología en la Universidad Central de Barcelona. No se me daban mal las clases ni la predicación; pero en 1980 apoyado por una beca de investigación viajé a Chile; finalizada la beca y con ella la permanencia autorizada, regresé a Pamplona como rector del Colegio San Antonio de Extramuros; pasando luego como coadjutor a nuestra Parroquia de San Francisco en Zaragoza. Y ahí Dios, a través de la obediencia a mis superiores, me llevó a Chile. Sabía que el trabajo misionero en Chile tenía otras características a las que imaginé de seminarista, y que no en vano el Espíritu Santo había reavivado y renovado a la Iglesia, y al mundo, con el Concilio Vaticano II.

“También allí está Dios, Dios está en todas partes”, me había dicho mi madre al conocer la noticia de mi destino. Lo saben las madres, y lo deben saber los teólogos y los missioneiros. Uno no lleva a Dios de bagaje, sino que ya las semillas del Verbo están, y con interés y reverencia uno debe buscar la presencia de Dios en esas realidades y gentes. Debe vivir su servicio misionero con generosidad y alegría: el gozo de compartir la Buena Noticia de Jesús. ¡No hay auténtica misión sin alegría! Y sin desafíos y búsquedas. “Doce oficios, trece miserias” dice el refrán de nuestros mayores. Pasé por más de doce oficios: coadjutor y párroco, superior y ecónomo de varias Comunidades Capuchinas, conferenciante y profesor, comunicador de radio, periódico y televisión; y en años y años prestando servicios de psicólogo tanto en la consulta particular como en los hogares de menores y aun las cárceles; y tuve que escoger siempre el servicio humilde y el estilo delicado y generoso porque entendí que así Dios me quería su testigo y misionero. Llegaron luego otras tareas: profesor en el seminario mayor, vicario episcopal de la Vida Religiosa Femenina en Valparaíso, Promotor de la Justicia y Juez en tribunales para las causas de canonización, para las de conductas de sacerdotes ¡y para las causas de nulidades matrimoniales! Tiempos y servicios en que fui aprendiendo y que quise plasmar cuando trataba de organizar el estudio de psicología en la Escuela de Diáconos Permanentes (las cualidades del servidor, el deseo de felicidad y la religión, la satisfacción y el éxito en la vida, el sufrimiento y el fracaso en el ministerio, la pastoral y ayuda especial a los que presentan problemas y patologías psicológicos, el acompañamiento en situaciones irregulares, etc.). De pronto, cuando parecía que el asunto cuajaba y marchaba adelante, Dios a través de la obediencia pedía otra tarea. Y a veces aceptar el cambio era no sólo desconcertante sino doloroso. En Longaví estuve un año, sirviendo las treinta capillas rurales y padeciendo la muerte del compañero sacerdote; Los Ángeles me tuvo primero nueve años y más tarde otros dos, en Viña del Mar viví quince años. Diría que los ministerios más difíciles y dolorosos estuvieron en el acompañamiento a los enfermos de Sida (inicios en que se los temía y excluía, tanto que eran rechazados en residencias y parroquias y el grupo se reunía sin identificarse como tales enfermos), las mujeres maltratadas y prostitutas (principalmente en la cárcel de alta seguridad), y el dolor ante algunos procesos a sacerdotes…Venía de vacaciones a España para celebrar mis bodas de oro de profesión capuchina, y ya mi calendario rondaba los setenta años y Dios, a través de la Iglesia, me envió al desierto de Atacama: “Por eso, recibiste de Nos, la Comunidad de Copiapó para regirla como Obispo, a fin de que tus obras y trabajos, que ya habías realizado en varias regiones de aquella nación, alcanzasen a esta Sede Apostólica y fueses un generoso dispensador de la riqueza de Cristo”, me escribía el santo Padre Francisco hace unos días en su carta de felicitación por estos cincuenta años de ministerio presbiteral.

Fui consagrado obispo en Copiapó el 18 de octubre del 2014 y tomé posesión de la Diócesis el mismo día. ¿Cómo vivir en esos casi ochenta mil kilómetros cuadrados de desierto que tiene la Diócesis? Desafío interesante e importante porque una cosa es ver el desierto en los mapas o el internet y otra ¡vivir allí! ¿Cómo ser obispo de aquellas aproximadamente trescientas mil personas que se arraciman en ciudades y campamentos mineros, a veces a la orilla del mar y otras en la altura cordillerana? ¿Cómo animar, orientar y liderar a esos 18 sacerdotes que conforman el presbiterio, y a los diáconos permanentes y las religiosas que ya trabajan en sus apostolados? Comienza uno pensado y proyectando ¡y Dios dispone! Fue un inicio doloroso: allí donde llueve tan rara y escasamente cayó un temporal que se desbordó en diecisiete quebradas arrasando a su paso poblaciones y dejando cuantiosos daños ¡y el dolor irreparable de los muertos y desaparecidos! En un enfrentamiento en el campamento minero El Salvador entre trabajadores y carabineros había muerto un minero y podía seguir una catástrofe. Así que traté de poner mi empeño para evitar más dolor y muertes y ser instrumento de paz. Teníamos engalanada y en las andas la imagen de N. S. de la Candelaria (nuestra Patrona) y un delincuente le prendió fuego y la quemó junto a la imagen de san Lorenzo (patrono de los mineros). Regresábamos en la noche desde San Pedro de Atacama y chocamos a las tres de la mañana en pleno desierto contra un camión (pudimos partir todos, pero diez quedamos heridos de diversa gravedad, y murió nuestro chofer. el diácono don Luis q.e.p.d.).

Y ha habido otros problemas y dolores, corporales y espirituales; pero no debo seguir entrampándome en lo negativo. Dios nos regala alegrías y gozos enormes constatando la bondad y generosidad de la gente.

¿Qué tengo que hacer cómo obispo? Puedo soñar y debo soñar, pero debo cuidar siempre a los sacerdotes y agentes pastorales; puedo organizar actividades, pero debo siempre rezar y proclamar: Dios es bueno y misericordioso. Jesucristo nos regaló a la Virgen María como Madre y bajo su amparo estamos.

¡Qué grande, qué hermosa y qué diversa es la Iglesia! Cuánta distancia exterior entre Artaiz y Copiapó, y cuánta cercanía porque es la misma fe, el mismo Jesucristo, la misma Virgen María, la misma misa, la misma confesión… Esta experiencia se me impone cuando participo en reuniones con otros obispos; la viví en el hermoso encuentro de obispos misioneros navarros que San Fermín, a través del Sr. Arzobispo de Pamplona, Mons. Francisco Pérez González, nos regaló: una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre.

La misión no es propaganda ni proselitismo; la misión nace y se cumple por amor a Jesucristo y a los hombres. De unos navarros que amaban a Jesucristo salieron los misioneros. Navarra tendrá misioneros en la medida en que ame a Jesucristo. Si te dejan en el desierto, en aquella inmensidad, te sientes pequeño, minúsculo ¡pero tienes a Dios! Si parece que el mundo es enorme y los problemas son tan abrumadores que nos aplastan ¡no os dejaré solos, estaré con vosotros hasta el fin del mundo! Lo sabían y lo vivieron nuestros abuelos y nuestros padres, que vivieron tiempos de exigencia, dificultad y tragedia. Ellos tenían como un tesoro su fe y nuestras familias nos la trasmitieron; gracias a ellos, y gracias a todas las familias que viven y trasmiten su fe. Cada cristiano es una bendición para la Iglesia y para la humanidad; cada misionero navarro es una bendición para la Iglesia ¡y para Navarra! Sé que Jesucristo está en esta Navarra que se nos hace desconcertante porque va ganando en desarrollo material y parece precipitarse en el empobrecimiento y la miseria moral.
Me conforta contar con el cariño, la amistad y la oración de muchas personas buenas. Así me animo en el empeño que estampé como lema de mi episcopado (y que ya tenía desde mi ordenación sacerdotal): “amar y servir”. Lo he dicho: servicios de una y otra forma he realizado, pero me queda la gran pregunta: ¿amo a las personas todo lo que debo, lo que Jesús espera de mí? Quiero que conozcan a Jesucristo y lo amen; y me convenzo cada día más de que para ser un misionero que ayude a otros a convertirse, debo ser yo el primero en convertirme. Quiero conocer, respetar y amar a las personas, especialmente a las de la Diócesis que se me encomienda. Y porque sé que amar no se reduce a sentimientos ni buenas palabas escribí en el recordatorio de mis bodas de oro sacerdotales la frase de San Francisco de Asís: “Tus actos pueden ser el único sermón que algunas personas escuchan hoy en día”. Quiero así continuar realizando el programa de ser “capuchino, sacerdote, ¡misionero!, y santo”.

+Celestino Aós, OFMCap,
Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santiago de Chile