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29/12/20

Una leyenda sobre Melchor, el primero de los tres reyes magos



Existe una leyenda muy antigua sobre los tres Reyes Magos que viajaron a Belén para conocer al recién nacido niños Jesús. Y no me refiero a la historia que todos conocemos.

Dice esta leyenda que los únicos que pensaban partir eran Gaspar y Baltasar, y que Melchor no formaría parte de tan peculiar expedición.

¿Queréis saber por qué?


Estos tres sabios de oriente eran muy amigos, y aficionados a interpretar el mensaje de las estrellas junto a profecías muy antiguas. Una noche se dieron cuenta que había una estrella peculiar en el firmamento. Destacaba sobre todas las demás. Así que se buscaron entre los pergaminos antiguos aquella profecía sobre el nacimiento de un gran rey que haría grandes proezas. Y llegaron a la conclusión, con enorme asombro, que la noche estaba próxima. Así que empezaron a preparar todo lo necesario para emprender el viaje. Tardaron un día entero en preparar todo. Cada uno decidió llevar un regalo: Melchor llevaría mirra, Gaspar un poco de incienso y Baltasar algo de oro. Aunque, como hemos dicho, todo hacía indicar que Melchor no iría.


Al llegar el día de la partida Melchor estaba muy serio.

  • ¿Qué te pasa? Le preguntaron sus amigos.
  • Creo que todo esto es una locura. Una cosa es leer las estrellas, y buscar entre las leyendas significados ocultos, y otra muy distinta es salir a la aventura sin saber muy bien si todo esto es cierto o es una locura nuestra. ¡Somos hombres de ciencia!

Sus amigos se entristecieron porque creían que Melchor compartía el mismo entusiasmo que ellos. Aunque reconocían que algo de razón tenía. Así que le dijeron:

  • No nos precipitemos. El día de hoy lo ocuparemos a guardar silencio para escuchar a nuestro corazón, y descubrir qué deseamos de verdad. Mañana tomaremos una decisión.

Y así hicieron.


Melchor se acostó un poco inquieto. No paraba de dar vueltas en la cama hasta que quedó profundamente dormido. Esa noche los ángeles de las revelaciones le concedieron tres sueños.


Primer sueño. 

Melchor no sabía cómo había llegado a Belén, no recordaba nada del viaje. Pero allí estaba, adorando al niño Jesús. No veía a sus amigos. No recordaba nada del viaje ni de cómo llegó allí. El lugar era muy pobre y sucio, y el niño estaba tumbado en un pesebre lleno de pajas. Unos cuantos pastores eran testigos de todo aquello. No había matrona, ni familiares, ni amigos de la familia. Estaba claro que eran extranjeros y pobres.


Parpadeó, porque le picaban los ojos, y de pronto vio a Jesús niño correteando detrás de un pajarillo.


¿Qué estaba pasando? Se preguntó


Volvió a parpadear y tuvo que acostumbrar la vista a la penumbra. Cuando se adaptó a la luz tenue, pudo ver a Jesús leyendo la Torá en la sinagoga.


Volvió a cerrar los ojos y esta vez los abrió despacio, pues ya sabía que todo a su alrededor cambiaría. Efectivamente había sido así. Jesús ya era un joven alto y seguro. Hablaba con seguridad y lo que decía transmitía esperanza y alegraba al corazón. Pero seguía siendo pobre y se rodeaba de gente pobre. La gente se agolpaba a su alrededor, y unos amigos suyos repartían panes y peces entre el gentío.


Cerró los ojos para pensar: este no es el Rey de las profecías. El que liberará a su pueblo. Y con esta idea en la cabeza despertó algo nervioso.


Todo había sido un sueño. Pero aquel sueño reforzaba sus ideas. Aquel niño que nacería en Belén no sería el rey de reyes que todos esperaban.


Se levantó y bebió agua. Se quitó el pijama, y se vistió para contarles a sus amigos el extraño sueño que había tenido. Pero en la casa no había nadie. Estaba solo. Miró fuera y más de lo mismo.

  • Mis amigos se han marchado sin esperarme y se han llevado prestado mi camello. Dijo en voz alta.
  • ¿Por qué no me han esperado?
  • Bueno, da igual. De todas maneras no hubiera ido. Además, saben que pueden llevarse mi camello sin mi permiso pues confío mucho en ellos.

El día se le hizo muy largo. No estaba acostumbrado a estar solo y tenía muchas ganas de ver las estrellas por la noche. Sobre todo quería saber si la extraña estrella seguía allí. Llegó la noche y la estrella no estaba.


¿Se habrá desplazado y por eso mis amigos han salido a todo correr detrás de ella para seguirla?


Cómo les dije que no quería ir, no habrán querido despertarme. 


Lo cierto es que estaba muy cansado. Así que se acostó pronto.


Pasado un buen rato se despertó sobresaltado, pues alguien en la habitación le había llamado por su nombre:

  • Melchor… Melchor… ¡despierta!

Encendió una pequeña lamparilla de barro que había en una mesita, junto a la cama. La cogió con la mano y apuntó, algo confuso, hacia donde había escuchado la voz. Se quedó boquiabierto cuando vio que se trataba de un niño. Pero no era un niño cualquiera. Era él de pequeño. Se reconoció en seguida. No sabía qué decir.

  • Hola… Dijo por fin.
  • Hola Melchor. Dijo el pequeño. Necesito que me acompañes fuera. No temas. Quiero que descubras una cosa.

Al salir de su casa se llevó una sorpresa al ver que donde antes había un gran pozo ahora se encontraba el pesebre que había visto en el sueño de la noche anterior. Pero esta vez no había nadie. Solo estaba el pesebre.

  • Anoche soñé que en un lugar exacto a este nacía un tal Jesús. Yo, como mis amigos, pensaba que sería el Rey que anunciaban las profecías. Pero durante el sueño vi como solo era un pobre más. Era bueno y se portaba muy bien con la gente. Les cuidaba y les transmitía esperanza con lo que decía. Pero nos les sacaba de su pobreza, ni tenía poder alguno, ni mucho menos un ejército propio de un rey.
  • ¿Dónde están tus hermanos? Dijo el niño.
  • Partieron ya hacia Belén. Allí descubrirán que yo tenía razón

El niño sonrió.

  • ¿Crees en los sueños? Le dijo.
  • Si, respondió Melchor.
  • Pero tú eres un hombre de ciencia.
  • Bueno, no todo se explica con la ciencia.
  • ¡Ajá! Eso es lo que quiero que aprendas. Dijo el pequeño Melchor.

Quiero que hagas una cosa por mí. Túmbate en la arena de este hermoso desierto y mira al cielo.  Olvídate durante un momento de todo lo que sabes sobres las estrellas, las constelaciones y todo lo que crees saber sobre los astros del cielo. Simplemente contempla sin pensar.

Melchor miró las estrellas, por primera vez en mucho tiempo, como cuando era niño. Se quedó maravillado ante el espectáculo increíble de ver el cielo estrellado en medio del desierto. Volvió a sentirse feliz ante ese espectáculo. Era algo que había olvidado.

El pequeño Melchor lo sacó de su asombro al cogerle de la mano.

  • Ven. Volvamos al pesebre.

Al volver, Melchor no podía creer lo que estaba viendo. Ahora la escena era exactamente igual que la que había visto durante el sueño del día anterior. Allí estaban José y María, al rededor del niño que estaba en un pesebre. Había algún animal y algunos pastores. Probó a parpadear para ver si todo cambiaba. Pero esta vez no sucedió nada. Todo seguía allí.

Mientras pensaba que todo aquello volvía a ser un sueño, vio como a lo lejos venían tres extranjeros en camello acompañados de sus pajes. No podía creer lo que veía esta vez. Eran sus amigos y el llegando al pesebre. Bajaron de los camellos, y arrodillándose con solemnidad frente al recién nacido, le hicieron regalos propios de un rey: incienso, oro y mirra.

El niño se acercó con cuidado a Melchor y le susurró al oído:

  • ¿Qué estás sintiendo al mirar al niño, ahí de rodillas? No quiero saber qué piensas sino que estás sintiendo.

Melchor, con un hilo de voz, dijo bajito:

  • Cuando he mirado a los ojos al niño, por un momento, sentí dentro de mi pecho la noche que hemos visto antes, con todas las estrellas latiendo al ritmo de mi corazón. Sentí también todo el peso de la noche dentro de mí y a su vez todas las constelaciones más lejanas. Ha sido… No supo encontrar las palabras.
  • Ves, le dijo el niño a Melchor. Ahora has mirado con el corazón y no con la razón.
  • ¿Le diste tu regalo?
  • Sí.
  • Bien.
  • ¿Crees que él es el Rey que esperabais.
  • Creo que después de esta noche ya no tendré tan claro qué es un verdadero rey. Pero sentí que mi corazón era todo suyo.
  • ¡Ajá! Dijo el pequeño Melchor, mientras daba un chasquido con los dedos.

De pronto Melchor despertó. Se sentó en el borde de la cama y sintió que esta vez no estaba sobresaltado. Estaba tranquilo.

  • Creo que he entendido: la ciencia no lo puede explicar todo. Las apariencias a veces son engañosas y hay que aprender a ver también con el corazón.

Durante el día estuvo muy pensativo. Esta vez no le incomodó la soledad ni el silencio. Los sueños parecían tan reales que no acertaba a diferenciar cuando estaba soñando y cuando estaba despierto. ¿Estaría soñando ahora que estaba despierto? No se paró muncho en ese pensamiento. Lo único que lamentó fue no tener su camello para salir corriendo y contarle a sus amigos los sueños que había tenido.


Llegó la noche y se acostó.


El ángel de “la voz de los sueños” le susurró al oído que se levantara. Melchor se levantó y dijo: ¿dónde está aquel que me ha despertado y me ha llamado por mi nombre?


El ángel le respondió: no puedes verme porque soy el ángel de “la voz de los sueños”. Pero no te preocupes. Si observas bien verás una tenue luz cuando hablo, ese es mi aliento angelical. Así sabrás dónde estoy en todo momento.


Ya has visto lo que tenías que ver para entender la noche de Belén, yo solo vengo a hacerte una promesa: la noche del nacimiento de Jesús, y vuestro encuentro con él, se recordará durante siglos y siglos. Una noche se hará memoria del nacimiento del niño Dios, y poco después se celebrará la noche de los Reyes Magos, en memoria vuestra. Este es el regalo que os hace Dios por haber celebrado su nacimiento con vuestros mejores presentes. Vosotros no seréis inmortales, lo será vuestro acto de fe y amor.  Por ello, de generación en generación, reyes de todo el mundo os representarán para recordar el acontecimiento único del nacimiento de Dios. Los niños vivirán la noche de Belén con la fe que se transmitirá, de abuelos a padres y de padres a hijos, y así sucesivamente. Y la noche de los “Reyes Magos” experimentarán la alegría del niño Jesús ante los regalos. En cada regalo que se haga, por grande o pequeño que éste sea, generoso o simple, nuevo o no, Dios quiere decirle a los niños que ellos son muy importantes para él. Más aún, cada niño es como un regalo para Dios. A los papás se les permitirá vivir esos días la grandeza de ser padres, y a los abuelos la de ser abuelos.


Dice la leyenda que el Rey Melchor susurró con emoción contenida: ¿de verdad será siempre así?


Y el ángel le respondió: será así hasta que cada niño y niña del planeta pueda vivir esta dicha. La Navidad será un compromiso de la humanidad para con los niños.


También quiero que sepas que hay regalos increíbles: lapiceros, libros, escuelas, hospitales, capillitas, vacunas… porque transmiten esperanza y sueños de un futuro mejor. Tranquilo, cuando el niño Jesús crezca enviará a sus amigos a repartir estos otros “regalos”. Pero esta es otra historia que no puede ser contada ahora. También se narrará, de generación en generación, a través de la vida de hombres y mujeres que se conocerán como misioneros.


Al escuchar la última palabra: misioneros, los ojos empezaron a pesarle y cayó en un profundo sueño.


Al despertar comprobó que sus dos amigos estaban en casa. Nunca se habían marchado, y se dio cuenta que sus tres sueños transcurrieron durante la misma noche.


Despertó a sus tres amigos y les contó todo lo sucedido durante los sueños. Sabía que no estaba loco. Ni mucho menos. Sus tres amigos se alegraron de que Dios hubiera visitado a Melchor entre sueños. Cogieron todas las cosas para el viaje y marcharon hacia Belén. Melchor estaba tan contento que se puso el primero para encabezar la caravana.


Hay otras muchas leyendas. Pero nosotros os hemos contado esta.