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17/7/18

El voluntario y el misionero.



Si has hecho una experiencia de voluntariado junto a una misionera o misionero, ¿no te ha pasado que el tiempo, ajeno a tus deseos, ha corrido en exceso? ¿No has tenido la sensación de haber estado junto a una mujer o un hombre de Dios, extraordinarios por no serlo? ¿No se te ha clavado, como un pequeño aguijón en el pecho, la certeza de que “es posible”… lo que Jesús quiso que viviéramos es posible? ¿No has venido con la certeza de  que has recibido más, mucho más, de lo que pensabas dar… el ciento por uno? ¿No se te ha ensanchado el pecho desbordado de emociones porque la esperanza te ha mirado de frente? ¿No te faltan las palabras para describir lo vivido?

Guarda estas cosas en tu corazón y llévalas a la oración, comparte tu experiencia y pregúntate: ¿por qué se me habrá dado este regalo?

(Para una canción recitada)

Al verle la cruz
desnuda y sencilla sobre su pecho,
la sonrisa fácil, las manos callosas
y la mirada profunda y sin velos.

Al verle canturreando un salmo
y el tiempo derramándosele
como agua entre los dedos,
lo supe: era uno de ellos.

Era uno más sin serlo,
compartiendo la misma suerte que los lugareños,
con la humanidad ajada
de tanto usarse para dar consuelo.

Era uno más sin serlo,
por más que quisiera no pretenderlo,
con el alma encarnada entre sacramentos.
Lo supe enseguida: era uno de ellos.

¡Tenía delante a un misionero!

Lo supe cuando ya partía
sin apenas haber llegado,
así de cruel es el tiempo
con quien queriendo amar es amado.

Lo supe entonces y lo sé ahora,
jamás lo podré olvidar:
que se pierde lo que no se da,
que quien no se da… no lo entiende.